19 junio 2007

La vida es un carnaval

"Quise hallar el olvido, al estilo Jalisco

pero aquellos mariachis y aquel tequila

me hicieron llorar"

Jose Alfredo Jiménez

El primer fin de semana de Junio hubo un festival llamado “carnivalísima”, con varios conciertos gratis en el Harbourfront, al aire libre ala orilla del lago. Estaban representados todos los países carnavaleros. Y por supuesto, el domingo había representantes mexicanos. El concierto se anunciaba así:

"Tambora Sinaloense ‘La Mazatleca’

The Tambora Sinaloense mixes festive spirit with a feeling of melancholy. Over the years, tubas, clarinets, saxophones, trumpets and other musical instruments were incorporated into their musical signature. They were integrated with a set of percussion instruments, including cymbals, a small snare drum with a vibrating sound known as a ‘tarola’ and the ‘tambora’, and a big bass drum that kept the rhythm of the melody. Actually, this drum gave the band its name. The music of the Tambora is a fundamental part of Carnival.
The classic songs are: El Sauce y la Palma, El Niño Perdido, El Sinaloense, El Toro Mambo, and others. All of them are cheerful and rhythmical and, of course, the people of the Mexican north-west Pacific coast dance in a very unique style"

Definitivamente, cualquiera que haya estado en una fiesta donde la raza se pone a hacer “la quebradita” y a bailar de caballito al ritmo de “ay chiquitita linda pechocha, ve con tu mama, como te quiere tu papa ve”, estará de acuerdo con que el baile sinaloense es “a very unique style”.

No le iba yo a hacer el feo al representante mexicano, así que le llamé a mi chiquitita linda pechocha y raudos llegamos a tiempo para ganar lugar. ¡Si pudiera volver el tiempo atrás y en lugar de ir al funesto concierto nos hubiéramos puesto a hacer crucigramas parados en un hormiguero!

Y es que fue una mancha al orgullo patrio. ¿Por donde empezó la tragedia?

El primer problema, es que ya habían tocado bandas muy buenas el viernes y sábado, chilenos, neoyorkinos, brasileños. Todos prendidísimos, excelentes músicos y con presencia escénica. Las expectativas eran altas.

El segundo problema fue el cónsul mexicano, que es de Mazatlán por cierto, y sin tener que pitos tocar en ésa orquesta, se trepó al escenario a presentar la banda y a dar un discurso a-bu-rri-dí-si-mo. Para cuando terminó de leer, porque además el angelito estaba leyendo como si estuviera en el congreso, tuvo que salir la maestra de ceremonias a despertar a la gente.

El tercer problema fue la ausencia de mexicanos, y específicamente sinaloenses. Cuando la banda preguntó si había mexicanos en el auditorio, creo que mi mano fue la única que se levantó. Aunque luego vi a una morra baile y baile con el más puro estilo sinaloense.


El cuarto problema fue: el show mismo. Todavía traía fresco en mi memoria el megadesmadre que armó la banda brasileña la noche anterior… y veo salir a la tambora sinaloense, con cara de empleado aduanal, simplemente tocando chunta-chunta-chunta-chunta. La raza no se prendió, sino que varios se empezaron a ir.

Pero si tan solo se hubieran contentado con eso… ¡pero no! Obedeciendo no sé qué malévolo plan, se trajeron hasta Toronto a la reina de la primavera y la reina del carnaval. Dos chicas muy guapas, si. Pero... vestidas de princecitas medievales con terciopelo barato de almacén “La naftalina”. Las tipas salieron al escenario y se pusieron al frente a hacer nada excepto sonreír y ser apreciadas... TODO EL PINCHE CONCIERTO, nomás saludando como reinas de belleza: corto corto, laaargo laaargo… Muy triste, muy decadente. Mi novia argentina las veía y se doblaba de risa y yo no sabía donde esconder la cara. Creo que eso de las reinas ahí paradas refleja mucho del machismo nacional: la mujer simplemente es objeto, así que estar ahí parada como idiota sin hacer nada no es anormal, no le parece raro a nadie. Y se veía más que raro, se veía bizarro.

Entonces salen al escenario varios bufones, o arlequines, no sé que chingados eran, pero les hacía falta no se si varias chelas, o de plano Prozac. Apagados, inhibidos, con unos brinquitos ridículos y un bailecito repitero. Eso, cuando se les pegaba su regalada gana bailar. Yo nunca he ido al carnaval de Mazatlán pero estoy seguro que debe haber ALGUIEN que baile mejor, que tenga un mínimo de presencia escénica, ganas de pasarselo bien estando sobrio, al menos que no enlode tan gacho el nombre patrio. Inspirado por Ibargüengoitia, me daban ganas de empezar a correr el rumor de que el programa estaba mal y que ése no era un grupo mexicano sino ecuatoriano, libanés o noruego.

El público ni siquiera seguía el ritmo con la cabeza, muchos se empezaron a salir. Yo me hundía en mi asiento y meneaba la cabeza acordándome de que la noche anterior los brasileños tenían a la gente abarrotada dentro y fuera del auditorio, desde el escenario hasta el lago, no cabía un alfiler, toda la gente saltando y bailando como si el mundo se acabara al día siguiente. ¡Y qué decir de los chilenos, o la banda de salsa neoyorkina!

Mi patriotismo me decía que tenía que poner mi granito de arena, sacar a mi novia a bailar en los pasillos, algo que despertara al público, alguna señal de vida en semejante velorio... y en eso salen a escena unas gentiles damiselas en disfraces de... piñas tricolores, piñas verde, blanco y rojo. Hágame usted el fabrón cavor. Lo peor del asunto, es que con su bailecito simplón y desganado... ¡eran la gente más prendida del escenario! Las reinas del carnaval seguían saludando con su sonrisa de bolsa de sabritas. Los arlequines parece que esperaban nomás el momento de regresar al Centro de Depresivos Crónicos. No lo pude aguantar más y nos escapamos del lugar, mi novia miraba hacia atrás y lloraba de la risa.

Cuando un par de horas más tarde, pasamos por ahí y vimos a una banda de Trinidad tomando el escenario, poniendo a la raza a brincar y agitando pañuelos, al que le daban ganas de llorar era a mí.

PD: Para rematar, un par de días después, una amiga argentina me dice mirándome con toda la naturalidad y buena voluntad de sus profundos ojos azules: "El domingo pase por harbourfront vi tocar a un mariachi mexicano".
- No era mariachiiiiii!!!!!! - contesté indignado.
- Si, vaya. Yo escuché que la gente decía que era un mariachi mexicano.
Nunca, desde la caida de los muros de Jericó, un conjunto de trompetas había causado tanto daño.


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